En #Gaztegiro descubrimos a estudiantes de Somorrostro que también brillan fuera de las aulas: en el deporte, la música, las artes o cualquier otra actividad que les apasione. En esta ocasión conocemos a Lorea Rubio, alumna de segundo de Gestión Administrativa, cuya vida está muy ligada a la gimnasia rítmica.
Lorea tenía cuatro años cuando empezó a practicar gimnasia rítmica. La decisión nació de un sueño que su madre no pudo cumplir: siempre le había gustado este deporte y quiso acercárselo a su hija. Lorea comenzó en un club de Santurtzi, localidad de la que es natal, pasó después por varios equipos para llegar actualmente a la Escuela Municipal de Gimnasia Rítmica de Castro Urdiales. Allí ha encontrado un lugar para crecer como gimnasta y competir a nivel nacional.
Hoy, con 18 años y estudiante de segundo curso del ciclo de Grado Medio de Gestión Administrativa en Somorrostro, su rutina gira alrededor de la gimnasia. Esta temporada combina la competición individual y la de conjuntos: entrena cinco días a la semana y suma más de once horas de media de trabajo semanal. Los lunes, miércoles y viernes dedica dos horas y media al conjunto; los martes y jueves, dos horas al entrenamiento individual. Y cuando termina, ya empieza a pensar en la siguiente competición.
Uno de los recuerdos que guarda con más cariño llegó en 2019. Con su conjunto consiguió el tercer puesto en el Campeonato de España con un ejercicio de cinco cuerdas. Aquel día fue especial también para el club: otro de sus conjuntos logró la segunda posición. «Es el mejor día de mi vida. Lo disfrutamos todas muchísimo», recuerda Lorea.
Ahora prepara con sus compañeras el Campeonato de España de conjuntos, que se celebra en noviembre. Esta temporada les toca competir con aros y cintas, y Lorea no esconde cuál le cuesta más: «La cinta es la que menos me gusta». No es difícil entenderlo: hay que mantenerla siempre en movimiento, evitar que se enrolle y controlar cómo responde con la humedad o el aire. El aro y la pelota, en cambio, están entre sus aparatos favoritos. En diciembre espera disputar una competición individual, la Copa: antes tendrá que participar en el sector y lograr una de las cinco plazas que se asignan a cada comunidad.
Una responsabilidad compartida
En la gimnasia rítmica, el esfuerzo individual convive con una coordinación de equipo que exige confiar en las demás. Cada gimnasta debe estar pendiente de su ejercicio y, al mismo tiempo, de sus compañeras, de la música y de los aparatos. Si algo falla, hay que reaccionar en el momento. Lorea conoce bien esa responsabilidad: ha sido y es la capitana y suele marcar los pasos, dar indicaciones y ayudar a mantener el ritmo del conjunto. «Tenemos que mirarnos e intentar ayudarnos entre nosotras», explica.
También sabe lo que significa estar disponible para el equipo. No recuerda haber faltado nunca a un entrenamiento, ni siquiera estando enferma. «Si una no entrena, el equipo no puede entrenar», dice. Esa entrega tiene un precio. La exigencia de los entrenamientos y las competiciones le ha llevado a pasar momentos muy duros. Durante una temporada especialmente complicada, en 2022-2023, salía llorando con frecuencia del tapiz y llegó a recibir apoyo psicológico deportivo. «Me frustraba ver que iba todos los días y luego en la competición no me salía», cuenta. Ha llorado después de entrenamientos y de campeonatos, pero dejar la gimnasia nunca ha sido una opción. «He tenido temporadas muy malas, pero nunca he pensado en dejarlo».
Hoy afronta la competición con más experiencia y con el apoyo de sus entrenadoras y compañeras. Su objetivo no es obsesionarse con una medalla: quiere terminar satisfecha, sentir que el trabajo de toda la temporada ha servido y saber que ha dado lo mejor de sí misma.
Aprovechar cada momento
Compaginar el deporte con los estudios requiere organizarse. Lorea llega a casa, come, se cambia y vuelve a salir; algunos días no regresa hasta las ocho y media o las nueve de la noche. Por eso intenta aprovechar al máximo las clases. «Intento entenderlo todo aquí para no tener que matarme luego en casa», resume. También destaca la ayuda de Laura, su compañera, con quien puede resolver dudas y avanzar con el trabajo.
El apoyo de su familia es otra parte fundamental de esta historia. Sus padres la acompañan siempre que pueden y no han faltado a sus competiciones. Lorea agradece esa presencia constante, que ha seguido ahí incluso en momentos familiares difíciles. Para ella, saber que están en la grada significa mucho.
La gimnasia también le ha regalado amistades que entiende de una manera especial: son personas con quienes comparte horas de entrenamiento, nervios, alegrías y decepciones. «Te entienden porque hacen el deporte que más te gusta», dice. A ese mundo quiere seguir vinculada también desde otro lugar. En junio realizó el curso inicial de entrenadora y ahora ha comenzado sus prácticas con las gimnastas más pequeñas. Por el momento ayuda a sus entrenadoras y aprende junto a ellas; más adelante le gustaría preparar ejercicios y coreografías.
Lorea sigue mirando hacia delante, entre los próximos campeonatos, las clases y sus primeros pasos como entrenadora. «Voy a seguir hasta que pueda», asegura. Una frase sencilla que resume años de constancia, una pasión nacida en la infancia y las ganas de continuar, incluso después de los días más difíciles. Desde Somorrostro le deseamos mucha suerte en sus próximos retos y esperamos que siga disfrutando de la gimnasia con la misma ilusión y pasión que la acompañan desde niña.









