Tras una década al frente del Centro Formación Somorrostro, Javier Laiseca se jubila dejando un centro más grande, más conectado con su entorno, más innovador y preparado para afrontar los retos del futuro. Repasamos con él los momentos, decisiones y personas que han marcado una de las etapas más transformadoras de la historia reciente del centro.
Cuando Javier Laiseca llegó al Centro Formación Somorrostro en septiembre de 2016, lo hizo después de tres décadas de trayectoria educativa y tras haber dirigido con éxito el Centro Formativo Otxarkoaga. No era una decisión sencilla. Reconoce que se encontraba cómodo, motivado y plenamente identificado con el proyecto que lideraba. Sin embargo, una idea que siempre había defendido terminó por convencerle: la actitud de servicio y la disposición a asumir nuevos retos.
Aquellos primeros días no fueron fáciles. “Las dos primeras semanas me decía a mí mismo: ¿quién te manda meterte en este lío?”, recuerda entre risas. Sin embargo, pronto descubrió algo que marcaría toda su etapa posterior: el enorme sentimiento de pertenencia que existía entre las personas que formaban parte de Somorrostro.
Aquella fue la primera gran pista sobre dónde debía poner el foco.
“Me impactó el alto sentido de pertenencia que tenía el personal del centro y enseguida me di cuenta de que ese era el hilo del que tirar.”
Javier encontró un centro con una sólida reputación educativa, profundamente arraigado en Muskiz, en la comarca y en el tejido empresarial de Bizkaia. Pero también detectó aspectos que necesitaban mejorar, especialmente la relación con las administraciones educativas y el alineamiento con las estrategias de Formación Profesional de Euskadi.
Diez años después, los resultados hablan por sí solos.
El centro ha alcanzado cifras históricas de alumnado, ha ampliado significativamente su oferta formativa, ha incorporado nuevos ciclos y cursos de especialización, ha puesto en marcha proyectos pioneros y se ha convertido en una referencia educativa tanto dentro como fuera de Euskadi.
Pero cuando se le pregunta por el principal logro de esta década, Javier no habla de edificios, reconocimientos ni cifras.
“El cambio realizado lo hemos conseguido entre todas y todos y, sobre todo, dejando a muy pocas personas fuera.”
Crecer sin perder la esencia
Durante estos años Somorrostro ha vivido una profunda transformación tecnológica y organizativa. Sin embargo, Javier insiste en que la clave nunca ha estado únicamente en las infraestructuras o en los equipamientos.
Para él, la tecnología es importante, especialmente en un centro de Formación Profesional, pero existe algo todavía más valioso. “La clave sigue estando en las relaciones humanas que forjamos con el alumnado y sus familias. Esa debe ser siempre una línea roja.”
Ese planteamiento explica muchas de las decisiones adoptadas durante esta década. La creación de nuevas oportunidades formativas para colectivos diversos, la apuesta por la inclusión o la puesta en marcha de programas destinados a alumnado con necesidades específicas responden a una misma filosofía.
“Llegar a más personas está bien, pero es mucho más importante llegar a nuevas realidades y ofrecer alternativas que dignifiquen sus vidas a través de la formación y el acompañamiento”, explica.
Una visión que conecta directamente con el origen del propio centro y con el legado de Marcelo Gangoiti, cuya inspiración sigue guiando el proyecto casi ochenta años después de su nacimiento.
Reconocimientos que avalan un proyecto
La última década también ha estado marcada por importantes reconocimientos institucionales.
Uno de los más destacados fue la designación de Somorrostro como Centro de Excelencia en Inteligencia Artificial y Big Data, convirtiéndose en el único centro concertado del Estado en obtener este reconocimiento.
Para Javier, el premio fue mucho más que una distinción.
“Es la prueba de confianza que las instituciones tienen en nuestro proyecto educativo.”
A ello se sumó la obtención de la A de Oro y el reconocimiento en los cinco elementos del Modelo de Gestión Avanzada, un hito sin precedentes en el ámbito educativo.
Pero, más allá de los galardones, Javier valora especialmente el proceso vivido para alcanzarlos.
“Nos ha servido para revisar, ordenar y mejorar nuestro día a día”, explica.
Garena: el alma de Somorrostro
Si tuviera que elegir un único proyecto capaz de resumir estos diez años, no escogería ningún edificio ni ninguna innovación tecnológica.
Elegiría Garena.
Porque para él representa la identidad del centro, sus valores, su manera de entender la educación y la importancia de las relaciones humanas.
“Hablar de Garena es hablar de mí, pero también de cada una de las personas que formamos Somorrostro.”
El HUB como símbolo de futuro
La reciente inauguración del HUB de Tecnologías de la Energía supone, en cierto modo, el broche final de su etapa como director.
La transformación integral del edificio Erkizia parecía, en algunos momentos, un objetivo imposible. Sin embargo, la colaboración entre instituciones, empresas y personas comprometidas con el proyecto permitió hacerlo realidad.
Hoy, el HUB representa una oportunidad para formar a los profesionales que demandará la transición energética, abrir nuevas puertas a la juventud y reforzar el posicionamiento de Muskiz como referente en innovación y cualificación profesional.
“Somorrostro tiene que adelantarse a las necesidades del mercado laboral y ofrecer oportunidades de empleo de calidad.”
Las personas, siempre las personas
Quienes han trabajado junto a Javier destacan su cercanía y su política de puertas abiertas.
Él lo resume de forma sencilla.
“No entiendo la dirección si no es desde una actitud de servicio.”
Durante estos diez años ha aprendido de docentes, personal de administración y servicios, alumnado, familias, empresas e instituciones. Y cuando habla del futuro, sigue poniendo a las personas en el centro.
Porque si algo ha aprendido durante esta etapa es que detrás de cada proyecto siempre hay rostros, historias y corazones comprometidos.
Los momentos que dejan huella
No todo ha sido sencillo. La pandemia, las dificultades económicas iniciales o la pérdida de compañeros y alumnos han sido algunas de las experiencias más duras que recuerda.
Especialmente imborrable permanece en su memoria la etapa del COVID-19. Durante aquellos meses, Somorrostro puso sus recursos al servicio de la sociedad y colaboró activamente con el sistema sanitario fabricando material de protección.
Javier todavía recuerda con nitidez las visitas semanales al Hospital Universitario Cruces.
“Entrar en los almacenes del hospital y ver cómo sus baldas se vaciaban de material y se llenaban de ataúdes es una imagen que difícilmente podré borrar de mi memoria.”
Tampoco olvida el agradecimiento del personal sanitario cuando acudían a entregar las pantallas de protección que el centro fabricaba con sus impresoras 3D.
“Ver el recibimiento que nos hacían cuando llegábamos con cincuenta pantallas fabricadas en Somorrostro es algo que nunca olvidaré.”
Pero si algo le marcó especialmente durante aquellos meses fue comprobar el compromiso de toda la comunidad educativa.
“El trabajo de todo el personal del centro, que desde sus casas hacía un seguimiento constante del alumnado, me enseñó el verdadero significado de la generosidad y el compromiso.”
También conserva recuerdos profundamente emocionantes.
Uno de ellos ocurrió el 2 de septiembre de 2024, cuando regresó al centro tras su baja médica.
“El aplauso que recibí aquel día fue un auténtico subidón de cariño y apoyo.”
Y entre los muchos momentos especiales que guarda en la memoria, hay uno que simboliza la culminación de años de trabajo institucional.
Tras una larga y exigente reunión en Lakua para negociar el concierto pleno de la Formación Profesional de Somorrostro, Javier regresaba a casa agotado. Durante una parada en el área de servicio de Altube recibió una llamada que cambiaría para siempre la historia del centro.
Le comunicaban que la propuesta aprobada contemplaba el paso progresivo de Somorrostro al concierto pleno en un plazo de tres años.
La emoción fue tan intensa que no pudo contener las lágrimas.
“Rompí a llorar allí mismo. Un camarero se acercó preocupado para preguntarme si me ocurría algo. Nunca olvidaré aquel momento.”
Aquella llamada supuso mucho más que una mejora administrativa. Representaba el reconocimiento institucional a un proyecto educativo y abría nuevas oportunidades para garantizar su futuro.
Una imagen para toda la vida
Cuando se le pregunta qué recuerdo conservará para siempre de esta etapa, Javier no habla de premios ni de edificios. Habla del trabajo compartido.
“Me voy a llevar el compromiso de las personas con su trabajo, tanto docentes como no docentes.”
Y si tuviera que elegir una única fotografía para representar estos diez años, tampoco duda:
“Cualquiera de las fotos de grupo del Día del Personal.”
Una despedida desde el agradecimiento
Javier afronta estas últimas semanas con la tranquilidad de quien siente haber cumplido con su responsabilidad y con el compromiso de facilitar una transición ordenada a quienes tomarán el relevo.
Reconoce que echará de menos algo muy concreto:
“Las relaciones humanas tan extensas que tengo hoy dentro y fuera del centro.”
Ahora llega el momento de dedicar más tiempo a su familia, especialmente a Itziar, su compañera de vida, a sus hijas y a sus nietos. Una etapa que afronta con ilusión y con el deseo de devolver parte de todo lo que ha recibido durante estos años.
Antes de despedirse, quiere dejar un mensaje sencillo a toda la comunidad educativa:
“Gracias y Perdón. O Perdón y Gracias.”
Y cuando se le pregunta qué le gustaría que recordaran de él dentro de muchos años, responde sin dudar:
“Que viví los principios y valores de Somorrostro. Que fui una persona Beti Aurrera.”
Quizá esa sea la mejor forma de resumir una década de trabajo, servicio y compromiso. Y también el mejor legado que puede dejar a quienes continúan construyendo el futuro de Somorrostro.








